martes, 1 de septiembre de 2026

Pluralidad de las existencias corporales (Primer artículo)


Revista Espírita, noviembre 1858.

 

De los diversos fundamentos profesados por el Espiritismo, el más controvertido es indiscutiblemente el de la pluralidad de las existencias corporales o, dicho de otra manera, el de la reencarnación. Aunque esta opinión sea ahora compartida por un número muy grande de personas, y aunque nosotros ya hayamos tratado varias veces la cuestión, creemos un deber -en razón de su extrema gravedad- examinarla aquí de una forma más profunda, a fin de responder a las diversas objeciones que ha suscitado. Antes de entrar en el fondo de la cuestión, nos parecen indispensables algunas observaciones preliminares.

Algunas personas dicen que el dogma 244 de la reencarnación no es de modo alguno nuevo: que ha sido resucitado de Pitágoras. Nosotros nunca hemos dicho que la Doctrina Espírita fuese una invención moderna; al ser el Espiritismo una de las leyes de la naturaleza, ha debido existir desde el origen de los tiempos, y por nuestra parte siempre nos hemos esforzado en probar que de Él se encuentran rastros en la más remota antigüedad. Como se sabe, Pitágoras no es el autor del sistema de la metempsicosis; él la ha extraído de los filósofos hindúes y de los egipcios, donde existía desde tiempos inmemoriales. La idea de la transmigración de las almas era, pues, una creencia común admitida por los hombres más eminentes. ¿Por cuál medio les ha llegado? ¿Ha sido por revelación o por intuición? No lo sabemos; pero, como quiera que sea, una idea no atraviesa las edades y no es aceptada por las inteligencias de élite si no tiene su lado serio. Por lo tanto, la antigüedad de esta doctrina sería más bien una prueba que una objeción. Sin embargo, como igualmente sabemos, entre la metempsicosis de los Antiguos y la moderna doctrina de la reencarnación existe una gran diferencia: que los Espíritus rechazan de la manera más absoluta la transmigración del hombre en los animales y recíprocamente.

Sin duda -dicen también algunos contradictores- vos estabais imbuido de esas ideas, y he aquí por qué los Espíritus han seguido vuestro mismo parecer. Esto es un error que prueba, una vez más, el peligro de los juicios precipitados y sin examen. Si estas personas, antes de juzgar, se hubiesen tomado el trabajo de leer lo que hemos escrito sobre Espiritismo, habrían evitado hacer una objeción con demasiada liviandad. Repetiremos, pues, lo que hemos dicho al respecto: cuando la doctrina de la reencarnación nos fue enseñada por los Espíritus, estaba tan lejos de nuestro pensamiento que habíamos hecho sobre los antecedentes del alma un sistema completamente diferente, y además compartido por muchas personas. Por lo tanto, la Doctrina de los Espíritus nos ha sorprendido en este aspecto; diremos más: nos ha contrariado, porque echó por tierra nuestras propias ideas; como se ve, estaba lejos de ser un reflejo de éstas. Eso no es todo; no cedimos al primer choque; combatimos, defendimos nuestra opinión, planteamos objeciones y sólo nos rendimos ante la evidencia cuando percibimos la insuficiencia de nuestro sistema para resolver todas las cuestiones que este tema aborda.

A los ojos de algunas personas, sin duda, la palabra evidencia parecerá singular en semejante materia; pero no será impropia para aquellos que están habituados a examinar los fenómenos espíritas. Para el observador atento hay hechos que, aunque no sean de una naturaleza absolutamente material, no por esto dejan de constituir una verdadera evidencia, o al menos una evidencia moral. No es aquí el lugar para explicar esos hechos; solamente un estudio continuo y perseverante puede hacerlos comprensibles; nuestro objetivo era únicamente refutar la idea de que esta doctrina no es más que la traducción de nuestro pensamiento. Tenemos aún otra refutación a realizar: es que no sólo a nosotros ha sido enseñada; lo ha sido en muchos otros lugares, en Francia como en el extranjero: en Alemania, en Holanda, en Rusia, etc., y esto incluso antes de la publicación de El Libro de los Espíritus. Agreguemos todavía que, desde que nos hemos consagrado al estudio del Espiritismo, hemos obtenido comunicaciones a través de más de cincuenta médiums psicógrafos, psicofónicos, videntes, etc., más o menos esclarecidos, de una inteligencia normal más o menos limitada, algunos hasta completamente iletrados, y por consecuencia enteramente ajenos a las materias filosóficas, siendo que en ningún caso los Espíritus se desmintieron sobre esta cuestión; sucede lo mismo en todos los Círculos que conocemos, donde el mismo principio ha sido profesado. Bien sabemos que este argumento no es terminante, y es por eso que no insistiremos más de lo razonable.

Examinemos la cuestión desde otro punto de vista, haciendo abstracción de toda intervención de los Espíritus; por un instante dejemos a éstos a un lado; supongamos que esta teoría no haya provenido de ellos; supongamos incluso que jamás haya sido una cuestión de Espíritus. Por lo tanto, ubiquémonos momentáneamente en un terreno neutro, admitiendo que tengan el mismo grado de probabilidad tanto una como otra hipótesis: la de la pluralidad y la de la unicidad de las existencias corporales, y veamos de qué lado estarán la razón y nuestro propio interés.

Ciertas personas rechazan la idea de la reencarnación por el único motivo de que no les conviene, diciendo que tienen bastante con una sola existencia y que no querrían recomenzar otra semejante; conocemos a algunos a quienes el solo pensamiento de reaparecer en la Tierra los deja enfurecidos. No tenemos sino una cosa que preguntarles: si creen que Dios les ha pedido su opinión y consultado su gusto para regir el Universo. Ahora bien, una de dos: o la reencarnación existe o no existe; si existe, por más que la contradigan, les será necesario enfrentarla, y Dios no les va a pedir permiso para esto. Nos parece escuchar a un enfermo decir: He sufrido bastante hoy y no quiero sufrir más mañana. A pesar de su mal humor, no por eso ha de sufrir menos mañana y en los días siguientes, hasta que esté curado; por lo tanto, si aquéllos tuvieren que vivir de nuevo corporalmente, volverán a vivir, se reencarnarán; por más que se rebelen -como un niño que no quiere ir a la escuela o como un condenado a la prisión- les será necesario pasar por ello. Semejantes objeciones son demasiado pueriles para que merezcan un examen más serio. No obstante, les diremos para tranquilizarlos que lo que la Doctrina Espírita enseña sobre la reencarnación no es tan terrible como creen, y si la hubieran estudiado a fondo no estarían tan asustados; sabrían que la condición de esta nueva existencia depende de ellos mismos; que será feliz o infeliz según lo que hayan hecho en este mundo, y que pueden desde esta vida elevarse tan alto que no tendrán que temer más el volver a caer en el lodazal.

Suponemos que hablamos con personas que creen en algún futuro después de la muerte, y no con aquellas cuya perspectiva es la nada o que quieren ahogar el alma en un todo universal, sin individualidad, como las gotas de lluvia en el océano, lo que viene a ser casi lo mismo. Por lo tanto, si creéis en un algún futuro, sin duda no admitiréis que sea igual para todos; de otro modo, ¿dónde estaría la utilidad del bien? ¿Por qué el hombre habría de contenerse? ¿Por qué no habría de satisfacer todas sus pasiones, todos sus deseos, aunque fuese incluso a expensas del prójimo, ya que daría lo mismo? Vosotros creéis que este futuro será más o menos feliz o infeliz según lo que hayamos hecho durante la vida; ¿tenéis entonces el deseo de ser tan feliz como sea posible, ya que eso debe ser para toda la eternidad? ¿Tendríais, por ventura, la pretensión de ser uno de los hombres más perfectos que hayan existido en la Tierra, teniendo así de repente el derecho a la felicidad suprema de los elegidos? No. De esta manera admitís que hay hombres que valen más que vosotros y que tienen derecho a un lugar mejor, sin que por esto estéis entre los réprobos. ¡Pues bien! Colocaos por un instante con el pensamiento en esa situación intermedia que será la vuestra -como acabáis de concordar-, y suponed que alguien venga a deciros: Sufrís, no sois tan feliz como podríais serlo, mientras que tenéis delante vuestro a seres que gozan de una felicidad sin perturbaciones; ¿queréis cambiar vuestra posición por la de ellos? -Sin duda, diréis; ¿qué es necesario hacer? -Muy poco: recomenzar lo que habéis hecho mal y tratar de hacerlo mejor. -¿Dudaríais en aceptar, aunque fuera a costa de varias existencias de pruebas? Tomemos una comparación más prosaica. Si a un hombre que, sin estar en la última de las miserias, sufre no obstante privaciones como consecuencia de la mediocridad de sus recursos, viniesen a decirle: He aquí una inmensa fortuna que podréis disfrutar, siendo para esto preciso trabajar rudamente durante un minuto. Aunque él fuera el más perezoso de la Tierra, dirá sin dudar: Trabajemos un minuto, dos minutos, una hora, un día si es necesario; ¿qué importa eso si mi vida va acabar en la abundancia? Ahora bien, ¿qué es la duración de la vida corporal con relación a la eternidad? Menos que un minuto, menos que un segundo.

Hemos escuchado este razonamiento: Dios, que es soberanamente bueno, no puede imponer al hombre que recomience una serie de miserias y tribulaciones. Por ventura, ¿parecerá que hay más bondad en condenar al hombre a un sufrimiento perpetuo por algunos momentos de error, que en darle los medios para reparar sus faltas? “Dos fabricantes tenían cada cual un obrero que podía aspirar a volverse socio del patrón. Ahora bien, sucedió que ambos obreros emplearon una vez muy mal su jornada y merecieron ser despedidos. Uno de los dos fabricantes despidió a su obrero a pesar de sus súplicas, y éste -no habiendo encontrado trabajo- murió en la miseria. El otro dijo al suyo: Habéis perdido un día, me debéis por esto una compensación; habéis hecho mal vuestro trabajo, me debéis una reparación; os permito recomenzar; tratad de ejecutarlo bien y conservarás tu puesto, y podréis siempre aspirar a la posición superior que os he prometido». ¿Es necesario preguntar cuál de los dos fabricantes ha sido más humano? Dios, que es la propia clemencia, ¿sería más inexorable que un hombre? El pensamiento de que nuestro destino esté para siempre fijado por algunos años de prueba -aun cuando no siempre dependía de nosotros alcanzar la perfección en la Tierra- tiene algo de desconsolador, mientras que la idea contraria es eminentemente consoladora, ya que nos deja la esperanza. De este modo, sin pronunciarnos en pro o en contra de la pluralidad de las existencias, sin admitir una hipótesis más que otra, decimos que, si se nos permitiese elegir, no habría nadie que prefiriese un juicio sin apelación. Un filósofo 246 ha dicho que si Dios no existiese sería necesario inventarlo para la felicidad del género humano; lo mismo se podría decir de la pluralidad de las existencias. Pero, como lo hemos dicho, Dios no nos pide nuestro permiso, no consulta nuestro gusto: esto es o no es; veamos de qué lado están las probabilidades y enfoquemos la cuestión desde otro punto de vista, siempre haciendo abstracción de la enseñanza de los Espíritus y únicamente como estudio filosófico.

Es evidente que si no existe reencarnación, sólo hay una existencia corporal; si nuestra actual existencia corporal es la única, el alma de cada hombre es creada al nacer, a menos que se admita la anterioridad del alma, en cuyo caso nos preguntaríamos qué era el alma antes del nacimiento, y si este estado no constituía de alguna forma una existencia. No hay término medio: o el alma existía o no existía antes del cuerpo; si existía, ¿cuál era su situación? ¿Tenía o no conciencia de sí misma? Si no tenía conciencia, es casi como si no existiera; si tenía individualidad, ¿era progresiva o estacionaria? En uno o en otro caso, ¿en qué grado había llegado al encarnar? Según la creencia vulgar, admitiendo que el alma nazca con el cuerpo o -lo que da lo mismo- que antes de su encarnación sólo tenga facultades negativas, efectuamos las siguientes preguntas:

1. ¿Por qué el alma muestra aptitudes tan diversas e independientes de las ideas adquiridas a través de la educación?

2. ¿De dónde viene esa aptitud fuera de lo normal que tienen ciertos niños de corta edad para tal arte o Ciencia, mientras que otros permanecen inferiores o mediocres durante toda su vida?

3. ¿De dónde provienen las ideas innatas o intuitivas que existen en unos y no en otros?

4. ¿De dónde vienen, en ciertos niños, esos instintos precoces de vicios o de virtudes, esos sentimientos innatos de dignidad o de bajeza que contrastan con el medio en el cual han nacido?

5. Haciendo abstracción de la educación, ¿por qué ciertos hombres son más adelantados que otros?

6. ¿Por qué existen salvajes y hombres civilizados? Si tomáis a un niño hotentote recién nacido, y lo instruís en nuestros más renombrados liceos, ¿por qué nunca haréis de él un Laplace o un Newton?

Preguntamos cuál es la filosofía o la teosofía que puede resolver estos problemas. No cabe duda: o las almas son iguales al nacer son desiguales. Si son iguales, ¿por qué esas aptitudes tan diversas? Se dirá que esto depende del organismo. Pero entonces es la más monstruosa y la más inmoral de las doctrinas. El hombre no es sino una máquina, un juguete de la materia; no tiene más la responsabilidad de sus actos; puede alegar que todo se debe a sus imperfecciones físicas. Si son desiguales, es que Dios las ha creado así; pero entonces, ¿por qué esta superioridad innata concedida a algunos? Esta parcialidad, ¿está de conformidad con la justicia de Dios y con el amor que por igual da a todas sus criaturas?

Al contrario, admitamos una sucesión de existencias anteriores progresivas y todo se explica. Los hombres traen al nacer la intuición de lo que han adquirido; están más o menos adelantados según el número de existencias que han recorrido y según estén más o menos alejados del punto de partida: exactamente como sucede en una reunión de individuos de todas las edades, cada uno tendrá un desarrollo proporcional al número de años que haya vivido; las existencias sucesivas serán -para la vida del alma- lo que los años son para la vida del cuerpo. Reunid un día a mil individuos que tengan desde uno a ochenta años; suponed que se arroje un velo sobre todos los días anteriores y que, en vuestra ignorancia, los creáis a todos nacidos en el mismo día: naturalmente os preguntaréis cómo es que unos son grandes y otros pequeños, algunos viejos y otros jóvenes, unos instruidos y otros todavía ignorantes; pero si la nube que os oculta el pasado se disipa, si aprendéis que todos ellos han vivido más o menos tiempo, todo os será explicado. Dios, en su justicia, no podría haber creado almas más perfectas que otras; pero, con la pluralidad de las existencias, la desigualdad que vemos nada tiene de contrario con la equidad más rigurosa: es que sólo vemos el presente y no el pasado. ¿Se basa este razonamiento en un sistema, en una suposición gratuita? No; hemos partido de un hecho patente e indiscutible: la desigualdad de las aptitudes y del desarrollo intelectual y moral, y encontramos este hecho inexplicable por todas las teorías que están en curso, mientras que la explicación de esto es simple, natural y lógica, a través de otra teoría. ¿Es racional preferir la que no explica a la que explica?

Con respecto a la sexta pregunta, se dirá sin duda que el hotentote  es de una raza inferior: entonces preguntaremos si el hotentote es un hombre o no. Si es un hombre, ¿por qué Dios lo ha desheredado -a él y a su raza- de los privilegios concedidos a la raza caucásica? Si no es un hombre, ¿por qué tratar de volverlo cristiano? La Doctrina Espírita tiene más amplitud que todo esto; para ella no existen varias especies de hombres, sino que hay hombres cuyos Espíritus se encuentran en mayor o en menor atraso, pero susceptibles de progresar: ¿no está esto más de acuerdo con la justicia de Dios? 

Acabamos de ver el alma en su pasado y en su presente; si la consideramos en su futuro, encontraremos las mismas dificultades.

1. Si únicamente nuestra existencia actual debe decidir nuestro destino, ¿cuál será, en la vida futura, la posición respectiva del salvaje y del hombre civilizado? ¿Se encontrarán en un mismo nivel o estarán distanciados en lo que respecta a la felicidad eterna? 

2. El hombre que ha trabajado toda su vida para mejorarse, ¿está en el mismo nivel que aquel que ha permanecido inferior, no por su falta, sino porque no ha tenido ni el tiempo ni la posibilidad para mejorarse? 

3. El hombre que hace mal porque no ha podido esclarecerse, ¿es responsable de un estado de cosas que no dependían de él?

4. Se trabaja para esclarecer a los hombres, para moralizarlos, para civilizarlos; pero por cada uno que se esclarece hay millones que mueren diariamente antes que la luz los haya alcanzado; ¿cuál es el destino de éstos? ¿Son tratados como réprobos? En caso contrario, ¿qué han hecho para merecer estar en el mismo nivel que los otros? 

5. ¿Cuál es el destino de los niños que mueren en corta edad antes de haber podido hacer el bien o el mal? Si están entre los elegidos, ¿por qué este favor sin haber hecho nada para merecerlo? ¿Por qué privilegio están exentos de las tribulaciones de la vida?

¿Existe una doctrina que pueda resolver estas cuestiones? Admitid las existencias consecutivas y todo se explica de conformidad con la justicia de Dios. Lo que no se ha podido hacer en una existencia se hará en otra; es así que nadie escapa a la ley del progreso, que cada uno será recompensado según su mérito real y que nadie está excluido de la felicidad suprema, a la cual puede aspirar, cualesquiera que sean los obstáculos que haya encontrado en su camino.

Estas preguntas podrían multiplicarse al infinito, porque son innumerables los problemas psicológicos y morales que sólo encuentran solución en la pluralidad de las existencias; nosotros nos hemos limitado a los más generales. Como quiera que sea, se dirá quizá que la doctrina de la reencarnación no es admitida por la Iglesia; que esto sería, entonces, el desmoronamiento de la religión. Nuestro objetivo no es tratar esa cuestión en este momento; nos basta con haber demostrado que aquel principio es eminentemente moral y racional. Más adelante mostraremos que la religión está menos distante de la reencarnación de lo que tal vez se piensa, y que con ella no sufriría más de lo que ha sufrido con el descubrimiento del movimiento de la Tierra y de los períodos geológicos que, a primera vista, han parecido dar un desmentido a los textos sagrados. La enseñanza de los Espíritus es eminentemente cristiana; se apoya en la inmortalidad del alma, en las penas y recompensas futuras, en el libre albedrío del hombre, en la moral del Cristo; por lo tanto, no es antirreligiosa.

Como lo dijimos, hemos razonado haciendo abstracción de toda enseñanza espírita que, para ciertas personas, no es una autoridad. Si nosotros -como tantos otros- hemos adoptado la opinión de la pluralidad de las existencias, no es solamente porque ella proviene de los Espíritus, sino porque nos ha parecido la más lógica y la única que resuelve las cuestiones hasta entonces insolubles. Si hubiese venido de un simple mortal la hubiéramos igualmente adoptado, y tampoco habríamos dudado en renunciar a nuestras propias ideas; desde el momento en que un error es demostrado, el amor propio tiene más a perder que a ganar al obstinarse en una idea falsa. Del mismo modo, nosotros la hubiésemos rechazado -aunque proviniera de los Espíritus- si nos hubiera parecido contraria a la razón, como hemos rechazado a tantas otras, porque sabemos por experiencia que no se debe aceptar a ciegas todo lo que viene de su parte, como tampoco lo que viene de parte de los hombres. Por lo tanto, nos queda por examinar la cuestión de la pluralidad de las existencias desde el punto de vista de la enseñanza de los Espíritus, de qué manera debemos entenderla y, en fin, responder a las objeciones más serias que se le puedan oponer; es lo que haremos en un próximo artículo.

 

 

 

lunes, 6 de julio de 2026

PROBLEMAS MORALES SOBRE EL SUICIDIO

 


Preguntas dirigidas a San Luis por intermedio del Sr. C..., médium psicofónico y vidente, en la Sociedad Parisiense de Estudios Espíritas, sesión del 12 de octubre de 1858.

 

¿Por qué el hombre que tiene la firme intención de suicidarse se rebela ante la idea de ser muerto por otro, y se defendería contra los ataques en el mismo momento en que va a cumplir su propósito?

Resp. Porque el hombre tiene siempre miedo a la muerte; cuando se suicida está sobreexcitado, tiene la cabeza trastornada, y lleva a cabo ese acto sin coraje ni temor y -por así decirlo- sin tener conocimiento de lo que hace, mientras que si tuviese discernimiento no veríais tantos suicidios. El instinto del hombre lo lleva a defender su vida y, durante el tiempo que transcurre entre el instante en que su semejante se aproxima para matarlo y el momento en que el acto es cometido, hay siempre un movimiento de repulsión instintiva de la muerte que lo lleva a rechazar ese fantasma que no es pavoroso sino para el Espíritu culpable. El hombre que se suicida no experimenta ese sentimiento, porque está rodeado de Espíritus que lo instigan, que lo asisten en sus deseos y que le hacen perder completamente el recuerdo de que no es él mismo, o sea, el recuerdo de sus parientes, de aquellos que lo aman y de una otra existencia. En ese momento, el hombre es todo egoísmo.

Aquel que está hastiado de la vida, pero que no desea quitársela y quiere que su muerte sirva para algo, ¿es culpable de buscarla en un campo de batalla, defendiendo a su país?

Resp. Siempre. El hombre debe seguir el instinto que le es dado; cualquiera que sea el curso que siga, cualquiera que sea la vida que lleve, está siempre asistido por Espíritus que lo conducen y lo dirigen sin él saberlo; ahora bien, buscar ir en contra de sus consejos es un crimen, puesto que están ahí para dirigirnos y, cuando queremos obrar por nosotros mismos, esos buenos Espíritus están allí para ayudarnos. Pero, sin embargo, si el hombre -arrastrado por su propio Espíritu- quiere dejar esta vida, es abandonado, y reconoce su falta más tarde cuando se encuentra obligado a recomenzar otra existencia. Para elevarse, el hombre debe ser puesto a prueba; detener sus actos, poner obstáculos a su libre albedrío sería ir contra Dios y, en este caso, las pruebas se volverían inútiles, ya que los Espíritus no cometerían faltas. El Espíritu ha sido creado simple e ignorante; por lo tanto, para llegar a las esferas felices es necesario que progrese, que se eleve en ciencia y en sabiduría, y no es sino en la adversidad que el Espíritu adquiere la elevación del corazón y comprende mejor la grandeza de Dios.

Uno de los asistentes observó que cree ver una contradicción entre estas últimas palabras de san Luis y las precedentes, cuando él ha dicho que el hombre puede ser instigado al suicidio por ciertos Espíritus que a esto lo incitan. En este caso, cedería a un impulso que le sería extraño.

Resp. No hay contradicción. Cuando dije que el hombre instigado al suicidio estaba rodeado de Espíritus que a eso lo incitaban, no hacía referencia a los Espíritus buenos, que hacen todos los esfuerzos para desviarlo de esa idea; esto debería estar sobrentendido; todos nosotros sabemos que tenemos un ángel guardián o, si preferís, un guía familiar. Ahora bien, el hombre tiene su libre albedrío; si a pesar de los buenos consejos que le son dados persevera en esa idea que es un crimen, él la lleva a cabo y en esto es asistido por Espíritus ligeros e impuros que lo rodean, que están felices en ver que al hombre -o Espíritu encarnado- también le falta coraje para seguir los consejos de su buen guía y, a menudo, de los Espíritus de sus parientes muertos que lo rodean, sobre todo en semejantes circunstancias.


martes, 9 de junio de 2026

INDEPENDENCIA SONAMBÚLICA

 

Muchas personas que hoy aceptan perfectamente el magnetismo, durante mucho tiempo cuestionaron la lucidez sonambúlica; en efecto, es que esta facultad ha venido a cambiar el rumbo de todas las nociones que teníamos sobre la percepción de las cosas del mundo exterior y, entretanto, desde hace bastante tiempo se tenía el ejemplo de los sonámbulos naturales, que gozan de facultades análogas y que -por raro contraste- nunca se buscó profundizar. Hoy la clarividencia sonambúlica es un hecho adquirido y, si todavía es cuestionada por algunas personas, es porque las nuevas ideas demoran en echar raíces, sobre todo cuando es preciso renunciar a las que se sostuvo durante tanto tiempo; es así también que muchas personas han creído -como aún lo hacen con las manifestaciones espíritas- que el sonambulismo podía ser experimentado como una máquina, sin tener en cuenta las condiciones especiales del fenómeno; es por eso que, al no haber obtenido a su capricho y oportunamente resultados siempre satisfactorios, han concluido por la negativa. Fenómenos tan delicados exigen una observación lenta, asidua y perseverante, a fin de captar los matices frecuentemente fugitivos. Es igualmente a consecuencia de una observación incompleta de los hechos que ciertas personas, aunque admitan la clarividencia de los sonámbulos, cuestionan su independencia; según ellos, su visión no se extiende más allá del pensamiento de aquel que los interroga; incluso algunos pretenden afirmar que no hay visión, sino simplemente intuición y transmisión de pensamiento, y citan ejemplos en su apoyo. Nadie duda que el sonámbulo, al ver el pensamiento, pueda a veces traducirlo y ser eco del mismo; nosotros también no cuestionamos que, en ciertos casos, pueda ser influenciado: habiendo sólo eso en el fenómeno, ¿ya no sería un hecho muy curioso y muy digno de observación? Por lo tanto, la cuestión no está en saber si el sonámbulo es o puede ser influenciado por un pensamiento ajeno; esto no está en duda, pero sí en saber si es siempre influenciado: éste es un resultado de la experiencia. Si el sonámbulo nunca dice otra cosa que lo que sabéis, es indiscutible que traduce vuestro pensamiento; pero si en ciertos casos dice lo que no sabéis, si contradice vuestra opinión, vuestra manera de ver, es evidente que él es independiente y que no sigue su propio impulso. Un solo hecho de este género bien caracterizado sería suficiente para probar que la sujeción del sonámbulo al pensamiento de otro no es una cosa absoluta; ahora bien, existen millares de ellos; entre los que son de nuestro conocimiento personal, citaremos los dos siguientes:

El Sr. Marillon, residente en Bercy, rue de Charenton (calle Charenton) N° 43, había desaparecido el 13 de enero último. Todas las investigaciones para descubrir su rastro habían sido infructuosas; ninguna de las personas a las que él acostumbraba a visitar lo había visto; ningún asunto podía motivar una ausencia tan prolongada; por otro lado, su carácter, su posición y su estado mental descartaban toda idea de suicidio. Quedaba por pensar que él hubiese sido víctima de un crimen o de un accidente; pero, en esta última hipótesis, habría podido ser fácilmente reconocido y conducido a su domicilio o, al menos, llevado a la morgue. Por lo tanto, todas las probabilidades se inclinaban hacia el crimen; fue en este pensamiento en el que se detuvieron, con mayor razón porque se creía que había salido para efectuar un pago; pero ¿dónde y cómo había sido cometido el crimen? Es lo que se ignoraba. Entonces su hija recurrió a una sonámbula, la Sra. Roger, que en muchas otras circunstancias parecidas había dado pruebas de una notable lucidez, que nosotros mismos hemos podido constatar.260 La Sra. Roger siguió al Sr. Marillon desde que salió de su casa, a las 3 horas de la tarde, hasta cerca de las 7 de la tarde, en el momento en que se disponía a regresar; ella lo vio descender por las orillas del Sena por un motivo acuciante; allí -dijo ella- tuvo un ataque de apoplejía, lo vio caer sobre una piedra, hacerse un corte en la frente y después deslizarse en el agua; por lo tanto, no ha sido un suicidio ni un crimen; vio también su dinero y una llave en el bolsillo de su gabán. Ella indicó el lugar del accidente; pero -agrega- no es allí donde está ahora, ya que ha sido fácilmente arrastrado por la corriente; se lo ha de encontrar en tal lugar. En efecto, fue esto lo que tuvo lugar; tenía la herida indicada en la frente; la llave y el dinero estaban en su bolsillo y la posición de sus vestimentas demostraba suficientemente que la sonámbula no se había equivocado sobre el motivo que lo había conducido a orillas del río. Delante de todos estos detalles, nos preguntamos dónde se puede ver la transmisión de cualquier pensamiento. He aquí otro hecho donde la independencia sonambúlica no es menos evidente.

El Sr. y la Sra. Belhomme, labradores en Rueil, rue Saint-Denis (calle San Denis) N° 19, tenían de reserva una suma de alrededor de 800 a 900 francos. Para más seguridad la Sra. Belhomme la guardó en un armario, del cual una parte estaba destinada a la ropa vieja y la otra a la ropa nueva: fue entre esta última que el dinero fue guardado; en ese momento alguien entró y la Sra. Belhomme se apresuró en cerrar el armario. Pasado algún tiempo y teniendo necesidad de dinero, ella estaba convencida de haberlo puesto entre la ropa vieja, porque ésa había sido su intención, en la idea de que lo viejo tentaría menos a los ladrones; pero, en su precipitación, a la llegada del visitante, lo había guardado en el otro compartimiento. Estaba tan convencida de haberlo puesto entre la ropa vieja que incluso ni le vino la idea de buscarlo en otra parte; al encontrar el lugar vacío, y recordándose de la visita, creyó haber sido notada y robada, y -persuadida de esta manera- sus sospechas recayeron naturalmente sobre el visitante.

Sucede que la Sra. Belhomme conocía a la Srta. Marillon, de la cual hemos hablado más arriba, y le contó su desventura. Ésta, habiéndole relatado el medio por el cual su padre había sido encontrado, le recomendó dirigirse a la misma sonámbula, antes de dar cualquier paso. El Sr. y la Sra. Belhomme se dirigieron, pues, a la casa de la Sra. Roger, bien convencidos de haber sido robados y en la esperanza de que les fuese indicado el ladrón que, en su opinión, no podía ser otro que el visitante. Por lo tanto, tal era su pensamiento exclusivo; ahora bien, la sonámbula, después de una minuciosa descripción del lugar, les dijo: «No habéis sido robados; vuestro dinero está intacto en vuestro armario: sólo que habéis creído guardarlo entre la ropa vieja, mientras que lo habéis hecho entre la ropa nueva; volved a vuestra casa y lo encontraréis allí». En efecto, fue lo que sucedió.

Al relatar estos dos hechos -y podríamos citar muchos otros también tan concluyentes- nuestra finalidad ha sido probar que la clarividencia sonambúlica no siempre es el reflejo de un pensamiento ajeno; que el sonámbulo puede así tener una lucidez propia, completamente independiente. De esto resaltan consecuencias de una alta gravedad desde el punto de vista psicológico; aquí encontramos la clave de más de un problema que examinaremos ulteriormente al tratar de las relaciones que existen entre el sonambulismo y el Espiritismo, relaciones que arrojan una luz completamente nueva sobre la cuestión.


Pluralidad de las existencias corporales (Primer artículo)

Revista Espírita, noviembre 1858.   De los diversos fundamentos profesados por el Espiritismo, el más  controvertido es indiscutiblement...